Cuando empezamos a temer a la muerte, comenzamos a amar la vida

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Amor y miedo, muerte y vida. Conceptos antagónicos, pero completamente interrelacionados. No pueden existir el uno sin el otro. Simplemente se necesitan. Es por ello que hoy me gustaría reflexionar sobre cómo muchas veces las personas no somos capaces de comenzar a amar la vida hasta que empezamos a temer a la muerte.

Siempre me resultó curioso como muchas veces parece como si los seres humanos tuviésemos que pasar por situaciones extremas para poder aprender a valorar lo que tenemos o mirar la vida desde una perspectiva más real, humilde e, incluso, me atrevería a decir que más útil o beneficiosa de lo que estamos habituados a hacer. A diario, cuando sentimos que tenemos nuestras necesidades primarias cubiertas y nos encontramos  más o menos bien de salud, es como si nos cubriésemos con una especie de velo que nos aporta una falsa sensación de inmunidad. Como si de alguna manera olvidásemos con frecuencia lo efímera y frágil que es la vida y lo expuestos que estamos a que de la noche a la mañana todo pueda dar un giro inesperado. Por lo contrario, con frecuencia, cuando todo va “bien”, nos sentimos invencibles e inmortales en cierta medida.

Es entonces, cuando en nuestra rutina diaria, nuestra mente nos lleva a poner el foco en “problemas”, que si estuviésemos viviendo en otra situación, dejarían de ser “problemas” y pasaríamos a etiquetarlos inmediatamente como lo que son: “circunstancias a resolver”. El verdadero inconveniente de todo esto es que con demasiada frecuencia  así se nos pasa la vida mientras nosotros nos agobiamos o enfadamos porque hoy hay demasiado tráfico y llegaremos tarde, porque fulanito nos miró mal, porque nuestro hijo parece que no entiende que no puede jugar con la comida o porque nuestro compañero de trabajo siempre nos empaqueta tareas que nosotros no tendríamos que hacer.

Y es que nuestra mente se “preocupa” mucho más de lo que se “ocupa” y la vida continua su curso. Siguen pasando los minutos, las horas, los días, los meses y los años sin casi darnos cuenta de que estamos “viviendo” sin llegar a VIVIR. Nos atrincheramos detrás de la comodidad, del miedo, de los viejos patrones, de las excusas y no vivimos. No acabamos de dejar esa relación en la que no terminamos de sentirnos felices ni queridos por todo lo que supondría e implicaría una separación o ruptura. No renunciamos a nuestro trabajo a pesar de que solo el hecho de pensar que mañana es lunes y vuelve a comenzar una semana más haciendo lo mismo y “aguantando” a las mismas personas, ya me provoca en sí mismo cierta ansiedad. No hacemos esa escapada o viaje que llevamos tanto tiempo deseando porque no vaya a ser que en el futuro vayamos a necesitar ese dinero para algo “importante”, etc. Y así, continuamente, vamos sintiendo que si no tomamos decisiones, no perderemos ni tendremos consecuencias, cuando el simple hecho de no mover ficha ya es una decisión y una consecuencia en sí misma.

Lo curioso es que, dentro de esa falacia de sensación de control que muchas veces sentimos que tenemos en nuestra vida, aparece un día “el universo” y nos envía un golpe de “mala suerte” convertido, por ejemplo, en un accidente inesperado, una enfermedad grave, una pérdida, etc. Entonces, en ese preciso instante, toda nuestra realidad empieza a transformarse. Aquello que nos preocupaba ya ni siquiera está dentro de nuestra escala de cosas importante, aquella persona que tanto malestar “nos causaba” pasa a ser insignificante y nuestros valores y prioridades dan un giro inesperado de 180 grados.

Me resulta triste que algunas veces tengamos que aprender de esta manera cuando en realidad, si ponemos consciencia y presencia en nuestro día a día, podríamos vivir de una manera mucho más real, auténtica y satisfactoria. Es como si para poder amar la vida tuviésemos que empezar a tener muy presente nuestro “miedo” a la muerte o a la perdida. Es como si no fuésemos capaces de centrarnos en lo primario, en lo esencial, en lo que realmente no es negociable hasta que nos pasa algo que pone patas arriba nuestra vida. Qué pena que no podamos valorar lo que tenemos y nos centremos mayoritariamente en aquello que nos falta hasta que sin elegirlo nos toca transitar por una situación dramática que de pronto nos da una buena sacudida y nos hace despertar lanzándonos un mensaje de ¡Bienvenido/a al mundo real, querido/a!

Como seres conscientes que somos, las personas tenemos la capacidad de no dejarnos arrastrar por aquellas trampas de nuestra mente que no nos permiten AMAR la vida tanto como esta se merece. Así que abramos los ojos de una vez y no esperemos a que la vida nos de lecciones dolorosas para aprender a VIVIR en mayúsculas. Relativicemos, tomemos perspectiva, pongamos nuestra atención en aquello que sí es realmente lo primero. Porque puede que creas que tú eres el que pilota la nave de tu destino y de tu vida, puede que pienses que tú tomas las decisiones, pero casi nunca es así. Al comienzo de nuestra existencia ninguno de nosotros tuvo la capacidad de decidir cuándo este regalo que nos han dado y que se llama vida empezaba y tampoco tenemos el control sobre cuándo terminará. La vida decide infinidades de veces por nosotros. Nos da, nos quita, nos aleja, nos acerca, nos cura y también nos enferma sin ni siquiera preguntar si nos va bien en ese momento.

Así que, si me permites un “consejo”, aunque pueda sonar a tópico, no dejes nunca para mañana lo que quieras hacer hoy.  No vivas desde el miedo,  sino desde el amor a la vida. No te guardes ni un solo “te quiero” por miedo a ser rechazado o no correspondido. No esperes el momento perfecto para disfrutar de lo que te gusta, para reír, compartir, abrazar. No dejes de estrenar esa camisa o vestido que guardas en tu armario para una ocasión especial, porque cada minuto que vivimos en sí mismo es ya una ocasión especial, es único, irrepetible y, por desgracia, en algún momento también será el último.

Todo esto no va de temer a la vida, ni de obsesionarse con pensamientos sobre la posibilidad de que nos puede pasar algo malo o nos podemos morir en cualquier momento. No se trata de no poder hacer planes de futuro o de no confiar en que las cosas nos puedan salir bien o que podamos llegar a envejecer estando sanos y felices. Por supuesto que esto es posible y todos deseamos que así sea. El único problema es que nadie tiene esa garantía, ni la vida nos la puede dar. No obstante, muchas veces vivimos, o mejor dicho, dejamos de vivir, como si todo esto no fuese cierto. No esperes a que la vida haga que tengas que aprender esta lección en primera persona y de una manera muy poco amable. Así que sencillamente VIVE, por tu bien, no te olvides de hacerlo.

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