Reactividad: cuando nos dejamos llevar por nuestro cerebro primitivo

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¡Qué capacidad tenemos a veces las personas para pasar en cuestión de segundos de ser el Dr. Jekyll a convertirnos en Mr Hyde! ¿No te resulta increíble cómo podemos pensar que aparentemente estamos bien, nos mostrarnos amables, comprensivos y pacientes hacia algo o hacia alguien y, de pronto, como si de un acto de magia se tratase, nos dejamos llevar por algún estímulo que toca una herida interna y que aviva ese malestar que en mayor o menor medida todos llevamos dentro? Es entonces, en ese preciso instante, cuando… ¡Tachán! se produce la magia (y no precisamente en el buen sentido de la palabra). Nos transformamos y mostramos nuestra peor cara creyendo erróneamente que ese estímulo es la causa de nuestra rabia, enfado o malestar.

Sí, resulta que esa especie de tecla interior es algo común a todos los seres humanos. Todas las personas llevamos dentro multitud de heridas sin curar, algunas somos conscientes de ellas, otras ni eso, algunas pensamos que ya están cerradas y otras tantas aún las vemos supurar cada día. Además, también es común a todos el deseo de poder eliminarlas, acabar con nuestro sufrimiento y vivir en un universo interior donde reine constantemente la paz. Sin embargo, a nuestra mente condicionada esta tarea no le resulta una labor sencilla. Por eso, no podemos olvidar que no se trata de erradicar, sino de conocer y aprender a convivir con esas heridas de forma sana hasta que vayan cerrando a lo largo de nuestra vida, si es que llegan a cerrarse al 100% algún día.

Para ello, lo primero que podemos hacer es tomar consciencia de que los estímulos que abren nuestras heridas no son en realidad la causa de nuestra rabia o dolor. Es decir, no son los demás ni las circunstancias lo que hace que nos sintamos de esa determinada manera, sino exclusivamente nosotros mismos (nuestra manera de ver el mundo, nuestros miedos, nuestras necesidades, etc.). Sí, integrar que no somos culpables de sentir lo que sentimos, pero sí responsables de qué hacemos con ello, es lo que nos permitirá crecer y avanzar en el camino.

Cuando pensamos que los “demás” o lo que “pasa” es la causa de nuestros problemas, nos sentimos atrapados, como si fuésemos marionetas o víctimas de alguien o de una situación. Desde ese sentimiento de victimismo mal enfocado, las personas solemos encontrar muy pocas salidas o alternativas. Nos sentimos heridos y desde ahí lo único que parece reconfortarnos es el hecho de poder defendernos y “equilibrar” de algún modo la balanza de lo que hemos percibido como una injusticia y es entonces cuando herimos a los demás. En otras palabras, muchas veces nos dejamos llevar por nuestro cerebro primitivo y sacamos a pasear a nuestra reactividad más reptiliana como estrategia de reajuste emocional. Sin embargo, quien más o quien menos ha tenido la oportunidad de comprobar que actuar de manera reactiva, en vez de solucionar nuestros problemas, lo que hace es añadir uno más a nuestra lista.

De ahí la gran importancia que tiene el responsabilizarnos de que todo está dentro de nosotros. Las circunstancias y los demás no son los culpables, sino simples espejos que nos enseñan dónde están nuestras heridas. Por lo tanto, la buena noticia es que si todo eso está en mí, será mucho más factible poder hacer algo al respecto para solucionarlo, puesto que ya no se tratará de cambiar al otro o a la situación (cosa que se escapa de nuestro control), sino de trabajar en nosotros mismos un espacio que me permita responder de manera consciente y en el que elija de forma voluntaria aquello que me será más útil y sano para aliviar mi dolor o rabia no solo a corto plazo desde la impulsividad que me ofrece la reactividad, sino desde el autocontrol que me da la consciencia.

Así que recuerda, empecemos entonces por conocer cuáles son nuestras heridas, escuchémonos, preguntémonos, toquemos sin miedo nuestra vulnerabilidad porque esta no nos hace más débiles, sino todo lo contrario. La vulnerabilidad nos conecta con nuestra naturaleza humana y nos hace mucho más fuertes y resilientes en la vida. Continuemos por aprender a diferencia las causas de nuestra ira de los estímulos que nos la reflejan. Y, por último, seamos siempre amables con nosotros mismos, tengamos paciencia, delicadeza y cuidemos con mimo la herida que tenemos abierta para desde ahí poder descubrir qué necesidad sin satisfacer se esconde en ella. Solo así poco a poco dejaremos de sentirnos a la merced de los demás y de las circunstancias y nos transformaremos en actores activos de las decisiones que tomamos.


“Toda violencia es el resultado de personas que se engañan a sí mismas creyendo que su dolor proviene de otras personas y que, en consecuencia, esas personas merecen ser castigadas”

Marshall Rosenberg


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