Entrevista a Rafael Guerrero: “Sin vínculo y sin relación no hay vida.  Si no hay apego o vínculo, no hay supervivencia.”

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Comenzamos noviembre con una entrevista muy especial. Más que una entrevista diría que se trata de una auténtica masterclass sobre educación emocional y apego de la mano de un profesional al que admiro muchísimo por todo lo que aporta a este campo y por su enorme capacidad de hacer simple lo complejo: el psicólogo Rafael Guerrero. En primer lugar, quiero agradecerte desde aquí y de todo corazón, Rafa, tu generosidad, colaboración y predisposición a la hora de concedernos esta fantástica y completa entrevista para el blog. Fue un placer, un lujo y un auténtico aprendizaje poder tener esta fascinante charla contigo. Estoy segurísima de que todas las personas que nos leen están deseosas de descubrir todo lo que puedas compartir hoy con nosotros. Espero que la disfrutéis tanto como yo al hacerla.

Marián Cobelas: En uno de tus últimas publicaciones, el libro “Educación emocional y apego”, encontramos un capítulo en el que hablas sobre las diferencias entre las necesidades y los deseos de los bebés y los niños ¿Cómo podemos ayudar a las familias que nos siguen a saber hacer esta distinción y por qué consideras que es tan importante hacerla?

Rafael Guerrero: Es una pregunta difícil, ya que en la práctica es complicado. Pero podemos decir, así en resumidas cuentas, que una necesidad como su propio nombre indica no es una opción. Todos, bebés, niños, adolescentes y adultos tenemos necesidades. En este punto, yo me voy a centrar en las necesidades de tipo afectivo o emocionales, pero existen otros tipos de necesidades como pueden ser: las fisiológicas, las sociales y las cognitivas. Una necesidad no es negociable, las necesidades tienen que ser cubiertas siempre, sabiendo que todos hemos tenido papás y mamás que no son ni Superman ni Superwoman, ni falta que hace, sino que son humanos. Por lo tanto, debemos tender a cubrir todas las necesidades, pero eso no quiere decir que vayan a ser cubiertas todas siempre.

Podemos explicar lo que es una necesidad con la metáfora del balancín. Cuando el balancín está en equilibrio no hay ninguna necesidad que cubrir, pero, constantemente en nuestro día a día, nos encontramos con situaciones que nos provocan necesidades. Es decir, el balancín se ha roto, se ha descompensado y cada vez que se rompe ese equilibrio, en cuanto a la alimentación, el descanso o a nivel emocional, cuando ha habido una emoción que yo no soy capaz de gestionar y, por tanto, necesito de otro que se encargue de heterorregularme esa emoción. Esa necesidad emocional que llevo por dentro.

Por otro lado,  los deseos sí que son opcionales. El deseo sí que es negociable. Negociable no quiere decir que yo lo pueda negociar directamente con el niño, sino que yo lo puedo negociar o conmigo mismo o con mi pareja, es decir, decidir si vamos a darle este capricho o no. Las necesidades son aspectos que los niños necesitan para su correcto desarrollo emocional y psíquico y los deseos son caprichos. Además, los estudios de Neurociencia también nos aclaran mucho sobre la diferencia entre deseos y necesidades. Las necesidades se dan en lo que se conoce como el cerebro inferior, mientras que cuando tenemos un deseo se activa más el cerebro superior, la corteza prefrontal.

Por tanto, a modo de esquema, podemos ver así la diferencia entre necesidad y deseo, pero luego en la práctica es un poco más difícil. En la práctica la cosa se nos puede complicar y, en ocasiones, la mamá y el papá puede tener dudas de si lo que está experimentando su hijo es realmente una necesidad o un deseo disfrazado de necesidad. Una clave que nos puede ser de utilidad para poder hacer una discriminación a este respecto es ser consciente de cuáles son las necesidades básicas del ser humano y si nos metemos dentro de las necesidades emocionales, como podemos encontrarnos en el libro, vemos que podemos agruparlas en 16. Teniendo en cuenta que hay una necesidad de ser protegido, de tener límites, de respetar su identidad, de asumir y cumplir con el rol que nos corresponde a cada uno en casa, la necesidad de que nos fomenten la autonomía. Todo lo que vaya en esta línea va a ser una necesidad, y todo lo que esté fuera, va a ser un deseo. Y, como digo siempre, en caso de duda, más vale atender.  Es decir, prefiero que se atienda un deseo que se deje sin cubrir una necesidad.

El problema que tiene el ser humano es que en ocasiones disfrazamos deseos de necesidades y esto vemos como lo utilizamos habitualmente en el lenguaje popular. Cuantas veces hemos escuchado a los niños decir “Es que necesito un móvil” y aquí hay que tener cuidado porque ni el niño ni nosotros necesitamos un móvil. Por mucho que pensemos y digamos que a día de hoy los móviles son imprescindibles, nos estamos engañando a nosotros mismos todos. Las necesidades son aquellos aspectos de los que no podemos prescindir y, si lo hacemos, eso tendrá unas consecuencias que afortunadamente hoy en día no van en contra de la supervivencia. Las necesidades que no son cubiertas no van a implicar un riesgo de vida o muerte, pero sí que van a significar o tener un papel en cómo vamos a desarrollar un estilo de apego seguro o inseguro.

M.C: En muchas ocasiones hemos oído hablar de cómo el estilo de apego que desarrollamos con nuestra figura de referencia durante la infancia marca o influye nuestro estilo de vida como adultos, ¿nos podrías explicar por qué es tan importante desarrollar un vínculo de apego seguro durante la infancia y hasta que edad los padres y madres pueden nutrir este vínculo de apego seguro con sus hijos?

R.G: Como seres emocionales que somos hay una serie de estrategias o instintos, podríamos decir, de contenido automático e inconsciente, que no nos asegura la supervivencia, pero que sí aumentan de forma muy considerable las oportunidades de sobrevivir. Uno de esos recursos que tenemos y con los cuales nacemos, metafóricamente hablando, está codificado en nuestro ADN (en el de todos los mamíferos), es el vínculo de apego. Cuando el neonato viene a este mundo, la característica que mejor le define es su máxima inmadurez, su vulnerabilidad. Eso es lo que lo convierte en un ser 100% dependiente y gracias a algo que se ha ido limando a lo largo de millones y millones de años de evolución, el vínculo de apego, nos ayuda a sobrevivir. Gracias al apego el bebé tiene la capacidad de enamorar a sus padres afortunadamente. Esto es algo muy bonito y, a la vez, puede parecer muy “manipulador” por su parte.

Todo esto lo podemos comprobar, por ejemplo, cuando hago formaciones y les enseño a los participantes fotos de mamíferos cachorros (gatitos, un perrito, un osito, etc.). A todo el mundo le genera mucha ternura este tipo de imágenes. Luego, si les enseño una foto de un recién nacido, todo el mundo suelta un “Oh, qué bonito”. De hecho, esta es la mejor prueba que tenemos para descartar psicopatologías en las personas. Lo digo en tono irónico, pero también hay verdad en esto, el hecho de que este tipo de imágenes nos genere ese “Oh, qué bonito” quiere decir que tenemos capacidad de empatía, y sensibilidad, que estamos capacitados para protegerlos, que es precisamente lo que el neonato necesita.

Por lo tanto, el apego es una relación de dependencia. Lo que implica es una relación vertical. El niño está abajo y nosotros, los adultos, estamos arriba. Yo soy el que llevo y gestiono este tipo de relación y es el niño el que se encarga de recibir la cobertura de las necesidades que antes mencionamos. Entonces, ¿por qué es tan importante fomentar ese vínculo de apego en general? No es que sea importante, sino que es básico. Sin apego no hay supervivencia. Todos tenemos apego y en muchas ocasiones escuchamos a gente que dice “no, es que fulanito o fulanita no tienen apego”. Pues no, eso es imposible. Todos tenemos apego, luego podemos debatir si es un apego seguro o inseguro y qué tipo de apego inseguro es, si hay un lazo muy fuerte, si hay un lazo muy estrecho, muy flojo, si es positivo, negativo, etc., pero toda persona que va andando por la calle tiene un apego. Es imposible, ya que, hasta incluso los niños salvajes, los niños que se han desarrollado entre lobos, también en esos casos hablamos de un vínculo. Un vínculo con otros mamíferos, pero vínculo al fin y al cabo. Sin vínculo y sin relación no hay vida.  Si no hay apego o vínculo, no hay supervivencia.

M.C: Continuando un poco con el hilo de la pregunta anterior, ¿qué recomendaciones o pautas concretas les podríamos dar a los padres y madres que nos leen para ayudarles a desarrollar con sus hijos/as este vínculo de apego seguro?

En primer lugar, es importante distinguir que hay dos tipos de apego: el seguro y el inseguro. ¿Qué consecuencias tiene tener un apego seguro? Pues muchísimas, yo siempre digo que el apego seguro implica un factor de protección. Implica tener un colchón, mientras que desarrollar un apego inseguro implica un factor de riesgo. Implica tener, en vez de un colchón, una sabanita. Por eso, ahora la pregunta sería: si tú vas a caer desde un quinto piso, ¿dónde preferirías caer, sobre un colchón bien mullidito para caer en zona de seguridad o prefieres que entre tú y yo sujetásemos una sabanita, a ver si rebota, si se rompe, si caes, etc. Esa es la diferencia entre el apego seguro y el inseguro. Factor de protección vs factor de riesgo.

Que yo tenga un apego inseguro no implica en sí que yo tenga una psicopatología. No implica trastorno, no implica dificultad sí o sí, pero aumentas muy considerablemente la posibilidad. Esto puede sonar a priori como que los padres quisieran desarrollar un apego inseguro en sus hijos/as y nada más lejos de la realidad. Evidentemente nadie quiere desarrollar un apego inseguro en sus hijos/as, pero la cuestión no es si quieren o no quieren, sino si pueden o no pueden hacerlo. Más que el qué es el cómo. Todos sabemos lo que queremos, pero el cómo hacerlo no es tan sencillo.

La investigación nos demuestra que en un 40% los padres y madres desarrollamos un apego inseguro con nuestros hijos, pero lo hacemos no porque queramos, sino porque nosotros mismos somos figuras de apego inseguro. Y no es que nuestros padres hayan querido fomentar un apego inseguro en nosotros, sino que también ellos fueron apegos inseguros, pero es que nuestros abuelos probablemente también hayan sido apegos inseguros. Es decir, en un 70%, 75% o incluso en un 80% de los casos el patrón se repite. No es genético, es algo que se transmite transgeneracionalmente. Es de carácter educativo, de carácter relacional, de carácter vincular.

Las consecuencias de un apego seguro son: una alta autoestima, tener capacidad de resiliencia, tener capacidad para solucionar conflictos, de entender el conflicto no como una catástrofe, sino como una oportunidad de aprendizaje, tener la capacidad de regular tus propias emociones y ser capaz de autorregularnos emocionalmente porque hemos tenido la suerte de tener una mamá y un papá que nos han heterorregulado emocionalmente en su momento. Esto ocurre si mis papás me han podido heterorregular a mí de una manera sensible, coherente y responsiva, porque ellos son capaces de autorregularse, y así podemos cerrar el ciclo. Es decir, yo papá me puedo autorregular a mí mismo, por tanto, puedo en segundo lugar heterorregular a mi hijo y así, como he podido heterorregular a mi hijo porque soy capaz de autorregularme, en tercera posición mi hijo en un futuro va a ser capaz de autorregularse y así cerraríamos el ciclo y terminaríamos con el patrón. Como consecuencia, iniciamos otro nuevo ciclo. ahora vamos a ver qué va a hacer mi hijo con mis nietos y qué van a hacer mis nietos con mis bisnietos, etc. Todo esto es una cuestión transgeneracional.

Y dentro de la capacidad de regulación emocional metemos: la capacidad para poner nombre a mis emociones y las de los demás, identificarlas, etiquetarlas, validarlas, legitimarlas, etc. En definitiva, una satisfacción general con la vida. Es decir, una persona que tiene un buen equilibrio psíquico es una persona que esta satisfecha con su vida. Tiene cierto control en su día a día, la sensación de que eres el responsable y te haces cargo no solamente de ti, sino también de tu entorno, de tu familia y de tus hijos y de todo lo que ello conlleva. Esto serían las consecuencias del apego seguro, las del apego inseguro, pues serían todo lo contrario.

Con respecto a lo que me preguntas sobre si existe una edad para trabajar esta relación de apego seguro, bueno, lo ideal, lo neurológicamente adecuado, lo psicológicamente sano sería que desde edades muy tempranas se hiciese. El vínculo de apego se empieza a desarrollar en el periodo prenatal, en el vientre de mamá. Por lo tanto, desde aquí debemos empezar a fomentar las bases del apego seguro, es decir, lo que hay que hacer para fomentar un apego seguro.

Sin embargo, lo positivo que tiene nuestro cerebro es que siempre tiende a la salud metal. Esto quiere decir que podemos reparar un apego. Los apegos no se reestablecen, los apegos no se curan. Los apegos se reparan y podemos hacerlo a lo largo de todo el ciclo vital. Independientemente de la edad del niño o del adolescente o del adulto, pero ,desde luego, no da igual la edad, ya que no es lo mismo que reparemos un apego en un chico de 15 años que en uno de 5 años, que en una mujer de 75. No obstante, por poder se puede hacer. Es como aprender un idioma, te va a costar más o menos aprenderlo según la edad que tengas, pero poder se puede. Por lo tanto, no hay una edad tope en la cual se tenga que desarrollar el apego. John Bowlby decía que el papel del terapeuta en consulta es análogo al de la mamá con su hijo. Ejercemos de mamás y papás de nuestros pacientes, aunque nos doblen la edad. Porque para que yo pueda hacerme cargo de mi vida, para que yo pueda autorregularme, he tenido que pasar sí o sí por una situación de dependencia. Y por eso es fundamental que veamos como algo positivo que el ser humano nazca 100% inmaduro y, por tanto, 100% dependiente, es fundamental.

Si me tuviese que quedar con un par de cositas o acciones que podemos hacer para fomentar como padres y madres un apego seguro, te diría que en primer lugar lo que hay que darles a nuestros niños desde chiquititos es protección, seguridad, cariño y, a la vez, darle o fomentar su autonomía.

Mary Ainsworth, que era discípula de J. Bowlby, decía que el apego seguro es el correcto equilibrio entre la seguridad y la autonomía. Esto quiere decir que tan importante es la una como la otra, pero hay que darlo en las dosis adecuadas. Por ejemplo, yo le tengo que dar a mi hijo seguridad, protección y cariño. Me tengo que vincular con él, a esto se refiere esta primera característica, pero, en un grado medio, en el grado en el que él o ella lo pueda necesitar sin que sea por debajo de lo que necesite, pero tampoco por encima. Si yo lo que hago es que esa seguridad o protección se la doy por encima, lo estoy sobreprotegiendo, lo cual es negativo, y si se la doy por debajo, le estoy desprotegiendo, lo cual es negativo también. Por tanto, los dos extremos tienen mucho que ver.

Se ha comprobado en estudios que, por ejemplo, los niños que han sido abandonados y maltratados tienen la misma reactividad, la misma manera de operar que los niños que son sobreprotegidos. Cuando, en realidad, ambas acciones no tienen nada que ver, ya que en una los padres están abandonando al niño y, en el otro caso, están muy encima de ellos. En ambas situaciones generamos cerebros muy reactivos, no pensantes y con muy poca autonomía. Hay que buscar por tanto la vinculación, seguridad y protección óptima y necesaria, al igual que la autonomía. Si no le doy autonomía, implica que le estoy generando dependencia, y si me voy al extremo opuesto y le doy muchísima autonomía, le estás llevando al extremo de la independencia, que tampoco es positivo.

Entonces nos preguntamos ¿cómo podemos coordinar todo esto? porque es muy difícil, claro que sí. La clave está en observar la necesidad en cada momento. Igual que yo no puedo estar cansado y descansado a la vez, o tener hambre y no tener hambre a la vez, es decir, puedes tener mucha o poca, pero no puedes tener y no tener a la vez. Pues lo mismo ocurre con la seguridad, la protección, la autonomía y el vínculo. La clave está en cuándo se lo doy o lo hago y esto tengo que hacerlo en función siempre de sus necesidades. Por eso, es importante que mis respuestas como padre o madre estén en base a él o a ella. No es lo que yo deseo, no es lo que a mí me apetece, no es lo que a mí me gustaría o necesito, sino que hablamos de ti y no de mí. Por tanto, en el momento en el que mi hijo está en un cumpleaños y se lo está pasando en grande con sus amigos, no es momento para decirle “ven aquí, cariño, que papá o mamá te va a decir lo mucho que te quiere”. No es momento ahí para fomentar el vínculo, no lo necesita. Si lo necesita te lo dirá. Ese es el momento de fomentar su autonomía, no el vínculo.

Ahora, un caso contrario. En el momento en el que tu hijo en el parque de bolas viene llorando porque le han metido un pelotazo en toda la cara y está desrregulado, es decir, se siente enfadado, etc., ese es el momento en el que le tengo que dar protección, cariño y seguridad. Eso es protegerle. No es el momento para darle un besito en la frente y decirle “Anda, anda, cariño, que eso no es nada, venga a jugar otra vez.” Es decir, tenemos que darle seguridad y autonomía en función de lo que él o ella necesiten. En su justa medida. No consiste en que salgamos corriendo a urgencia por el pelotazo que le han dado, pero tampoco que le digamos “pero si eso no es nada, pues no te quedan pocos pelotazos en esta vida, etc.”.

Estas frases que decimos y están muy normalizas en la sociedad conductista que tenemos montada y que todo el mundo ve normal, pero que son auténticas aberraciones. Entonces, resumiendo, eso es lo que yo recomendaría: seguridad y autonomía.  Cuándo doy una y cuándo doy otra, pues en función de lo que necesite. Para que yo pueda cubrir sus necesidades tengo que ser responsivo y, para que pueda ser responsivo, tengo que sintonizar con tus necesidades.

M.C: En otro de los capítulos de tu libro que se titula “Somos seres emocionales antes que racionales” abordas, entre otras cuestiones, por qué surgen las emociones en el cerebro, nos hablas de los 3 cerebros (el reptiliano, el emocional y el racional), etc., ¿Por qué es importante como educadores y padres que conozcamos cómo funciona el cerebro del niño?, ¿De qué manera nos puede ayudar el hecho de conocer esta información?

R.G: No es que el tema del cerebro sea muy bonito o muy entretenido, pero es fundamental conocer cómo funciona. Yo, tanto en formación como en consulta, me baso en ello. No consiste en hacer un tratado de anatomía, pero consiste en hablar de lo básico. Y esto es importante porque conocerlo ayuda a los padres o educadores desde el enfoque de la psicoeducación. Es decir, que entiendan qué es lo que está pasando en el cerebro, cómo se conectan las distintas partes, cómo se relaciona la corteza prefrontal con el resto de áreas, qué ocurre cuando tu hijo está experimentando una rabieta, qué ocurre cuando tú estás triste, qué ocurre cuando uno siente miedo, qué podemos hacer, qué no podemos hacer, ayuda en definitiva a los padres a comprender cuál es el funcionamiento básico del cerebro y a saber cómo tienen que ajustar sus expectativas gracias a la Neurociencia.

Muchas veces me dicen “Jo, Rafa, es que yo por más que le digo que esto no se hace así y que hay que hacerlo de otra manera, es que no me escucha”. Y yo les digo, “¿cuándo se lo dices?” y me contestan: “Pues en plena rabieta”. Y es que resulta que en plena rabieta nadie escucha, ni tú, ni tu hijo, ni yo, ni nadie. Así que debemos ajustar las expectativas de qué debemos hacer en cada caso, primero conectar y luego redirigir. Primero es un ejercicio de contención, de hacerme cargo de ti, hasta que te lleve a la regulación emocional, al equilibrio y, a partir de ahí, ya redirijo.

Por tanto, creo que el hecho de explicarles cada una de las partes del cerebro y qué ocurre en ellas, de forma básica y sencilla, como lo hacemos en el libro, es fundamental para los padres y educadores, ya que son herramientas fantásticas para que los padres puedan no solo seguir herramientas de forma automática, que es lo que muchas veces quieren, sino que ellos se vayan haciendo cargo de sí mismos y de la situación que tienen para darse cuenta de que, por ejemplo, no le voy a hablar a mi hijo en plena rabieta. No porque me lo haya dicho Rafa, Marián o cualquier otro profesional, sino porque la Neurociencia nos ha demostrado que el cerebro segrega adrenalina y cortisol cuando uno está enrabietado y es imposible que te pueda escuchar. Por lo tanto, es fundamental que puedan entender cómo el funcionamiento del cerebro tiene que ver con la problemática que tiene su hijo. todo se explica a través de la neurociencia, y, en segundo lugar, para que puedan ajustar sus expectativas. Qué le puedes pedir y qué no le puedes pedir a tu hijo.

Lo primero es que puedas entenderlo para que así puedas conectar y, luego, poner en marcha herramientas que no es que te las haya dictado un profesional como si se tratase de una receta de cocina, sino que las entiendes, las comprendes y te das cuenta de que son coherentes.

M.C: Por último, aunque no menos importante, me gustaría que hablásemos sobre el impacto que tiene sobre el desarrollo infantil y juvenil el uso prolongado o excesivo de dispositivos tecnológicos y pantallas, especialmente en edad temprana, ¿De qué modo esta práctica afecta a los niños y qué cuestiones deberíamos tener en cuenta las familias para poder enseñarles a hacer un uso responsable de los mismos?

R.G: Pautas mágicas no hay, no existen. Aquí podríamos hablar de muchas cosas, sobre todo ver cómo las nuevas tecnologías están haciendo un flaco favor a lo que es la gestión emocional. Vivimos en un mundo cada vez más conectado tecnológicamente, pero vivimos en un mundo cada vez más desconectado emocionalmente y vincularmente.

Todos hemos visto niños o adolescentes de distintas edades que quedan y están juntos, pero que cada uno está con su teléfono móvil sentados en un banco o en la playa y, probablemente, lo peor de todo es que seguramente están conectados entre ellos. Hay muchos estudios y, la OMS incluso, habla de los efectos nocivos que tienen las nuevas tecnologías en la salud infantil y ahí meteríamos todo (ordenadores, móviles, tablets, etc.) Álvaro Bilbao y Catherine L’ecuyer, por ejemplo, hablan mucho de esto y yo mismo también.

Cuando ante una desregulación emocional, vuelvo a la metáfora de antes, la del balancín, cuando este se ha inclinado hacia la izquierda o hacia la derecha, el niño tiene una necesidad y si yo la manera que tengo de cubrir esa necesidad es mediante un elemento externo, ya no digo solo tecnología, cualquier elemento externo, lo que estamos reforzando es que cada vez que tú tengas un problema, tú tengas que buscar en el exterior. Y los niños, como todavía no tienen recursos internos, tienden a buscar en el exterior. Muy normal, pero ahí tengo que estar yo como factor humano para darle a ti lo que necesitas, no para entregarte a ti lo que te gustaría.

Nuestro objetivo ante una desregulación, ante un capricho o deseo de un niño, debería ser que el que el día de mañana, no hoy, hoy no puede, pero, el día de mañana, se haga cargo de sí mismo. Entonces, si yo lo que hago es que ante una conducta en la que el niño lo está pasando mal y, consecuentemente, yo lo estoy pasando mal o peor que el niño. Por ejemplo: el niño no me come, no me hace caso, no me deja comer con mis amigos en el restaurante, etc., si lo que hago es que en vez de fomentar, y digo fomentar no dar, porque tú no puedes fomentar en el aquí y ahora. La inmediatez no existe o no debería de existir. Si tú lo que haces es dar un elemento externo, lo que fomentas es que el día de mañana él o ella busque fuera y no dentro, y lo que queremos es que busque dentro. Hoy va a buscar dentro y no va a encontrar nada porque tiene 2 años o 5 años, es normal. Va a buscar fuera y todos buscamos fuera cuando somos niños. Lo malo que tiene fuera es que es más sencillo y tiene un elemento que es la inmediatez.

Educar implica invertir en futuro y futuro no es mañana ni la semana que viene, ni dentro de 1 año. Entonces, si yo como adulto lo que hago es que ante una desregulación emocional que es interna, le doy una solución externa, vamos mal.  Porque un elemento externo en la adolescencia puede ser también una droga. Si mi solución momentánea y aparente, que no es real, ante una desregulación es fumarme un porro o emborracharle, eso se codifica a nivel cerebral. El cerebro funciona de manera asociativa. Por tanto, lo que yo quiero es que esta persona aprenda a hacerse cargo de sí misma.

Podemos irnos a cualquier elemento externo para hablar de esto. Algunos de los que incluso a priori pueden parecer positivos como son el deporte o el trabajo, pero claro,  si cada vez que yo tengo un problema o una desregulación emocional, tengo que tirar de salir a correr, ir al gimnasio, etc., (me refiero si esto es lo que se hace de manera habitual), hay que tener cuidado. Si mi mecanismo de actuación es siempre externo y es la distracción, cuando sea adolescente y le preguntes qué tal está, te va a responder de la misma manera.

Lo que hacemos a través de las nuevas tecnologías es darle un recurso externo ante una necesidad que es interna y que en un futuro quiero que la soluciones él o ella sola. Hoy no puede, pero para eso estoy yo. Yo ejerzo hoy de tu corteza prefrontal porque no tú no tienes suficiente hoy. Yo me voy a hacer cargo hoy de tu corteza prefrontal para que tú aprendas conmigo, no que aprendas con la Tablet o con tu amigo. Lo que generan las nuevas tecnologías ante este tipo de desrregulaciones es que no me hago cargo, me descontrolo, potencian la inmediatez, disminuyen las relaciones sociales, me dificulta en mi autocontrol porque estoy buscando el control siempre fuera.

Cualquier elemento externo te puede rellenar de manera momentánea tus necesidades y ese es el problema. Esto es lo que se conoce como el “Bucle de la reivindicación”. Tú le pides a otro que te de lo que tú deseas porque desgraciadamente no tuviste un papá o una mamá que te dieran lo que necesitabas. Le pido al trabajo, a la comida, al deporte, a mi pareja, a las redes sociales, a lo que sea, que me de la satisfacción, el reconocimiento o que me vean y me deán lo que mis padres no supieron darme. Esto lo que hace es fomentar la inmediatez.

Y la inmediatez no existe en la naturaleza. Porque aunque yo decida con mi mujer que queremos volver a ser padres y, por mucho empeño que pongamos, ni mañana ni esta tarde vamos a volver a ser padres. La naturaleza nos da enseñanzas de que las cosas no son inmediatas. Las cosas no tardan segundos, ni incluso días en hacerse. Una semilla tiene la información necesaria de lo que necesita para crecer, pero tarda meses, años en crecer. Entonces, estamos dando de manera inconsciente una información a los niños de cómo funciona el mundo de manera errónea. El mundo no es hiperactivo, la naturaleza no es hiperactiva. Por eso los niños se frustran y se aburren de la manera que lo hacen porque están tan acostumbrados a semejante actividad que cuando cerramos tablets y apagamos los móviles, se quedan pensando: “¡qué aburrido! AAquí nadie habla, nadie grita, nadie me aplaude por pasar a la siguiente fase, etc.”

Los juegos que teníamos nosotros cuando éramos pequeños eran más al aire libre. Ahora nadie juega al escondite. A mí no hay juego que me parezca más divertido, yo lo juego muchísimo con mi hijo de 3 años porque trabajamos muchas cosas a través de este juego: a esperar, el silencio, la incertidumbre, la concentración, a ser sigilosos. Juego más completo y divertido no lo hay y, sin embargo, nadie juega hoy al escondite. Nadie. Los juegos de entonces y los de ahora no tienen nada que ver. Los juegos de antes eran naturales y los de hoy son juegos artificiales. Tú, cuando en una relación social metes la pata, no te queda otra que pedir perdón. No obstante, cuando en un videojuego metes la pata, le das al “off”, vuelves a dar al “on” y vuelta a empezar. Reinicias, pero eso en la realidad no existe. En la vida real tienes que hacerte cargo, dar respuesta a tus actos.

Por lo tanto, resumiendo, el objetivo es que tú te hagas cargo de ti. No ahora que eres un niño, pero sí en el futuro. Ahora vas a aprender conmigo y de mí, no con un elemento externo. Por eso, las nuevas tecnologías tienen el peligro de que están muy normalizadas. Los padres no lo hacen por mal, solo que a veces no son conscientes de las repercusiones que esto tiene. Educar no es educar en la inmediatez, es educar en futuro, y esto es un problema muy gordo que tenemos a nivel social.


¡Muchas gracias! 


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