No, ni crear ni dejar de crear un trauma puede ser nuestra vara de medir a la hora de educar

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Hoy siento la necesidad de escribir esta entrada, más que a título informativo o “formativo”, solo con la única y exclusiva intención de exteriorizar mi sentir e invitar a la reflexión, que quizás no sea poco.

Desgraciadamente, en las últimas semanas han sido varias las noticias que hemos tenido que presenciar casi a diario relacionadas con niños o bebés que llegan a urgencias con diversas lesiones de mayor o menor gravedad producidas muchas veces por sus cuidadores o progenitores. Cuando somos conocedores de este tipo de noticias, algunas de ellas con finales incluso dramáticos, todos nos echamos con razón las manos a la cabeza y coincidimos en lo atroz e incomprensible de este tipo de sucesos. Por suerte, nunca he sido testigo de una defensa por parte de ninguna persona conocida o desconocida que justifique este tipo de conductas de violencia extrema hacia un niño o una niña.

Sin embargo, cuando nos encontramos ante situaciones como las que muchas personas tildan a veces de un “simple” bofetón, empujón, zarandeo o un azote de un día “aislado”, el veredicto no suele ser tan unánime a este respecto. Aquí, sin llegar todavía a entender muy bien por qué (quizás sea por el miedo a sentir que estamos juzgando a nuestros propios padres, ya que muchos de nosotros hemos vivido algún episodio de zapatilla voladora o bofetón de este tipo), sí he sido testigo de personas que defienden con vehemencia, y otras veces a medias, justificaciones de la conducta del adulto que se fundamentan en frases del tipo: “A mí de pequeño me pegaban y no tengo hoy en día ningún trauma”, “nuestra generación fue educada así y no nos ha ido tan mal”, “es que no le puedes permitir que haga eso y si no le das un azote no lo va a entender de otra forma, etc.” Y ahí, en ese mismo instante es cuando emerge en mí la siguiente pregunta ¿Acaso es necesario “crear” un trauma a una persona para saber si mi comportamiento hacia él/ella está siendo completamente irrespetuoso?, ¿Actuaríamos de la misma manera si la situación la viviésemos con un adulto?, ¿Cuál es entonces nuestra vara de medir a la hora de educar, si provocamos o dejamos de provocar traumas a nuestros niños?

Estoy convencida de que si nuestras parejas o nuestros jefes se apuntaran a practicar con nosotros el famoso #cheesechallenge (este nuevo y ridículo reto viral en internet que consiste en tirarle por sorpresa una loncha de queso a la cara de un bebé para ver cómo reacciona y comprobar si se le queda o no pegado a su carita -sí, por absurdo que parezca se hace y, por si no fuera poco, se comparte en redes-), absolutamente nadie dudaría en etiquetar esa conducta como algo inadmisible, irrespetuoso e incluso denunciable si se hiciese entre adultos y una de las partes no hubiese elegido hacerlo de forma voluntaria. Entonces, ¿en qué momento dejamos de ver a los bebés y a los niños como lo que son: personas de pleno derecho que se merecen absolutamente el mismo respeto que un adulto?, ¿Por qué le puedo dar un bofetón a un niño si me contesta mal o no me “obedece”, ya que creemos que así le estamos enseñando y educando, pero, no obstante, tenemos clarísimo que si fuese a quejarme a mi vecino de arriba porque tiene la música muy alta (aunque incluso yo lo hiciese de malas maneras) eso no le da derecho a mi vecino para abofetearme, verdad que no?, ¿Cuál es la diferencia entonces cuando hablamos de niños?

Honestamente, lo último que quiero con esta reflexión es que algún papá o mamá que en alguna ocasión, llevado por una perdida de nervios o de autocontrol, que se haya visto en alguna de estas situaciones se sienta juzgado o que sienta que le estoy etiquetando de mala madre o de mal padre. En absoluto, quien me conoce sabe que huyo de etiquetas y juicios y desde aquí mi máximo respeto y cariño a cada madre y padre que se esfuerza con sus aciertos y sus errores en dar lo mejor a sus hijos. Mi único deseo a través de estas líneas es sencillamente abrir una ventana hacia la reflexión e invitar a pensar acerca de lo que dice esa actitud de nosotros mismos como adultos: ¿qué te ha llevado a hacerlo, ha sido realmente tu ánimo de educar o realmente fue el miedo a no saber cómo lidiar con la situación, a no sentirte respetado o a carecer de herramientas para abordar el problema desde otro lugar y enfoque que sí sea respetuoso? Siempre quiero creer y confío en que ningún padre ni madre, al menos que tenga alguna patología, quiera hacer nunca daño a su hijo. Sé que la intención real no es humillar ni herir, sino “educar”. No obstante, tenemos que tener claro que, aunque esa no sea nuestra intención, eso no quita que con algunas de nuestras conductas les estemos hiriendo y humillando aún sin quererlo.

No, os garantizo que eso de “una hostia a tiempo te libra de comportamientos peores”  no es para nada cierto. El castigo no educa, el castigo adoctrina y hace que dejemos de hacer las cosas exclusivamente por miedo, no por saber distinguir realmente que lo que estamos haciendo es correcto o incorrecto, ni tampoco porque tengamos respeto. El respeto se gana cuando te tratan con respeto, cuando te enseñan cómo hacer las cosas, cuando te dejan aprender de tus errores, cuando te acompañan a crecer y te guían.

No, tampoco es válido el criterio de “a mí de pequeño me dieron más de una “leche” y hoy no tengo ningún trauma”. Repito, crear o dejar de crear un trauma no me parece que sea la mejor vara de medir para saber si estoy tratando y educando a mi hijo/a de una forma respetuosa y, sobre todo, saber si le estoy ayudando a desarrollar valores y habilidades útiles para la vida. La violencia solo es una evidencia de una falta de recursos por nuestra parte. Y sí, el hecho de que sea un episodio aislado no deja de convertirlo en una agresión física igualmente. Hay muchos estudios psicológicos que evidencian que vivir ese tipo de conductas en la infancia, de forma recurrente o aislada, repercuten en nuestro desarrollo emocional y social tanto en la infancia como en nuestra vida de adultos.

Y no, tampoco estoy diciendo con esto que haya que dejar a los niños hacer todo lo que quieran o que no tengan límites, eso tampoco sería educar, bajo mi punto de vista. Lo único que deseo y proclamo es que todos los niños y niñas sean tratadas con el RESPETO que se merecen, igual que tú, igual que yo, e igual que cualquier ser vivo, porque el respeto hacia tu integridad física y psíquica no es algo que te ganas al cumplir la mayoría de edad. El respeto es inherente al ser humano desde su nacimiento, así, sin más.


 

“Una persona es una persona, no importa lo pequeña que sea.”
Dr. Seuss


 

3 Comments

  1. No estoy totalmente de acuerdo con esta reflexión. Tengo un hijo de 27 años, yo tengo 58. No puedo comparar a un niño con un adulto, en el sentido de llamar la atención. Por mi experiencia, estoy de acuerdo q un bofetón a tiempo, les hace reflexionar, cuando ya has agotado argumentos y tu paciencia: te toman el pelo, llegado un punto. No digo q tengan que ser bofetadas o insultos recurrentes, no; sólo q en un momento puntual soy de las q piensan q les hace reaccionar, mo el insulto pero sí la bofetada. Lo siento.

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  2. Estoy totalmente de acuerdo, siempre he compatido la idea de que la persona que agrede lo hace porque no tiene las habilidades necesarias para manejar una situación, pero sin duda la persona que agrede física o verbalmente lo hace cuando no teme que pueda haber respuesta violenta.
    Como usted dice, la escusa de educar no sirve porque con el castigo se doma y no se educa. Con respecto a los traumas, yo sí tengo claro que los produce.

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