Límites: la clave está en el cómo

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¿Los niños necesitan límites?, ¿Son beneficiosos para ellos y ellas?, ¿Soy un padre o madre autoritario/a si los pongo?, ¿Nunca aprenderán a acatar una norma si no tienen límites en casa? ¡Ay, cuántos interrogantes nos surgen siempre alrededor de este tema! Y es que, la verdad, hablar sobre límites no es una cuestión en la que resulte sencillo ponerse de acuerdo, ya que cada uno de nosotros traemos de serie un conjunto de miedos y creencias que muchas veces nos llevan a pensar que si no ponemos límites a nuestros hijos/as, la cosa se nos escapará de las manos. Y, en otras muchas ocasiones, sentimos que si les ponemos demasiadas normas y vivimos en una constante prohibición, no estamos respetando su naturaleza ni les permitimos ser lo que son, niños/as.

Y es que una vez más, como casi todo en esta vida, el problema no está en el “qué” sino más bien en el “cómo” ¿límites sí o límites no? Pues nuevamente resulta que no hay una clave del éxito en esto de educar. No obstante, una cosa está clara. Vivimos en sociedad, por lo tanto, es cierto que queramos o no hay ciertos límites que desde que nacemos nos vienen impuestos y que si queremos convivir y participar en este sistema debemos respetar. Partiendo de esta base, podemos decir que las normas nos sirven de guía a la hora de “explorar” y “descubrir” hasta dónde llega nuestra libertad y dónde empieza la del otro.

Los límites ayudan a los niños a conocer y saber qué esperar. Les permiten sentirse más seguros. Sin embargo, para que realmente sean efectivos y cumplan su función educativa, es aconsejable que estos cumplan una serie de “requisitos”. En primer lugar, es importante que los límites sean previamente consensuados por todas las personas que participan en la educación de los niños (madres, padres, abuelos, abuelas, etc.) cuando sea posible. Además, estos deben ser revelados de antemano para que así los niños sepan con antelación cuáles son las normas y reglas a seguir e incluso sería muy beneficioso si  ellos y ellas pueden participar en su la elaboración de los mismos, ya que si lo hacemos de este modo, no solo estaremos logrando que se sientan parte del proceso, lo que alienta su sentimiento de pertenencia y contribución, sino que además, al haber sido parte del acuerdo, mostrarán siempre una mayor predisposición a la hora de cumplirlo.

También es fundamental que tengamos en cuenta cómo es el niño/a, su edad, sus capacidades, etc.  Esto se debe a que a veces olvidamos con demasiada facilidad cuál es la naturaleza propia de un niño de 3, 6, 9 o 14 años desde nuestra ya alejada perspectiva de adulto. Por lo tanto, esta circunstancia nos lleva a creer que cuando ellas o ellos no siguen los límites, lo están haciendo por pura rebeldía o por simple “mala conducta” cuando, en realidad, muchas veces lo que ocurre es simplemente que les exigimos cosas para las cuales todavía no están del todo preparados a nivel madurativo.

En segundo lugar, es de vital importancia que seamos consecuentes a la hora de aplicar los límites. Es decir, no vale que un día sí, pero al otro no. Si lo hacemos de este modo lo que provocamos es que no sepan cuándo vamos en serio y cuándo no. Y, como consecuencia, les estamos creando un desconcierto que los llevará a querer continuar tanteando el terreno una vez más sin saber muy bien qué esperar de nosotros.

En ocasiones me he encontrado con algunos padres y madres que pueden llegar a confundir los castigos con los límites y esto les lleva a pensar que como la Disciplina Positiva no defiende ni cree en el uso de los castigos como herramienta educativa, tampoco considera que haya que ponerle límites a los niños. Sin embargo, esto es una creencia errónea, ya que la Disciplina Positiva nos enseña que los/as niños/as necesitan ciertos límites para poder aprender a vivir en comunidad de una forma positiva, y constructiva, fomentando su sentimientos de pertenencia y contribución para que puedan desarrollar así habilidades socio-emocionales para la vida. Es por ello que desde este enfoque te invito a reflexionar sobre la manera más efectiva y respetuosa de poner límites a la hora de educar ¿Te animas a practicarla?.

  1. Utiliza mensajes claros y en positivo. Así ayudarás a tu hijo/a o alumna/o a entender qué es lo que esperas de él/ella, sin mensajes ambiguos para nuestro cerebro o  demasiado generalistas como el clásico “pórtate bien”.  ¿Qué tal si en vez de decirle “no chilles” o “no corras” probamos con un “habla bajito por favor” o “necesitamos ir despacio y juntos de la mano”?.
  2. Comunícate con tranquilidad y firmeza. Ser firmes y consecuentes no está reñido con ser respetuosos al comunicarnos. Modela con tu ejemplo lo que quisieras ver en ellos a la hora de informarles cuáles son las normas a seguir. Utiliza un tono de voz normal, sin gritos, evita etiquetas y comentarios que no te gustaría escuchar hacia ti por parte de otro adulto ¿no crees? 😉
  3. Quizás que se cumpla el límite no es negociable, ya que tenemos que ser consecuentes con lo que hemos acordado, pero eso no quiere decir que no les podamos dar alternativas u opciones. Por ejemplo, si hemos acordado que a las 20:00h es la hora límite en la que tenemos que estar duchados, no seríamos consecuentes si todos los días les dejásemos que se acaben duchando a las 20:30, a las 21:00 h, o a las 22:00h, pero lo que sí podemos hacer es darles alternativas sobre cómo pueden irse a la ducha o sobre qué podrán hacer antes, durante o después de ducharse, etc.

En definitiva, no hay duda que los límites, si son establecidos de la forma adecuada, ayudan a los niños a desarrollar sus capacidades y a aprender a contribuir y convivir en sociedad de forma respetuosa. No obstante, no podemos olvidar que la clave siempre está en el cómo los ponemos, recordando que debemos evitar caer en una lucha de poder en la que el adulto sienta que él/ella es la persona que impone su criterio para ganar una batalla, sino más bien intentando hacerlo con el ánimo y la actitud de querer ganarnos su colaboración siendo empáticos, razonables, respetuosos y consecuentes con nuestras propias decisiones, ya que solo así aprenderán poco a poco a contribuir de una forma sana y segura.


“Los padres deben entender la idea de que ‘te quiero siempre, pero a veces no amo tu comportamiento’.”

Amy Vanderbilt


 

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