¡Ahora me enfado y no respiro!

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¡Ains, la ira! Si es que, como ya decía Aristóteles, que para eso era un sabio, “Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo” …   Aprender a gestionar el enfado no es en absoluto una tarea fácil. Como adultos muchas veces nos dejamos secuestrar por esta emoción e incluso en ocasiones nuestra conducta no es demasiado “ejemplar”. Prueba de ello es que cuando esto nos ocurre con frecuencia subimos el tono de voz, decimos cosas que no pensamos y de las que luego nos arrepentimos, herimos a los demás sin la menor compasión y llegamos a sentirnos como un gran volcán en erupción que inunda cada rincón de nuestro cuerpo con el fuego de la ira.

A todos nos ha pasado alguna vez en la vida (o más de una) un episodio de este tipo. No obstante, cuando son nuestros hijos o alumnos los que entran en erupción y nos muestran su lado más visceral a través de una rabieta, un llanto inconsolable, manotazos, mordiscos o incluso llegando a romper algo, ahí todas y todos nos echamos las manos a la cabeza con una mezcla de miedo e impotencia pensando que si no ponemos remedio a la situación de inmediato, el próximo paso no va a ser otro que tener que llamar al famoso Hermano Mayor dentro de un par de años.

Cuanto menos resulta curioso ver cómo cuando educamos muchas veces nos dejamos llevar por nuestros miedos (miedo a perder el control de la situación, a lo que dirán los demás si ven ese comportamiento de mi hijo/a, a que si continúa así acabe cuando sea mayor como aquella persona que todos conocemos y que no nos trae muy buenos recuerdos, entre un larguísimo etcétera.). Y entonces, resulta que atendiendo a nuestro miedo es cuando les exigimos a nuestros niños que muestren un auto-control y una gestión emocional que muchos adultos (diría casi que la mayoría) no tenemos todavía adquirido o nos ha costado lo nuestro trabajar durante muchos años.

Pues bien, ¡Tranquilos, que no cunda el pánico, amigos! reflexionando sobre un par de datos que nos serán de utilidad y poniendo en práctica nuevas estrategias para gestionar el enfado podremos ayudar a nuestros niños/as a que poco a poco ese espacio que existe entre el estímulo y la reacción, llamado capacidad de auto-control, sea un poco más duradero.

Lo primero que sería interesante conocer es cómo funciona el cerebro humano. Para ello, os recomiendo que leáis el libro “El cerebro del niño” del Psiquiatra Americano Daniel Siegel. En él, entre otras muchísimas cosas interesantes, se nos explica cómo la corteza frontal y prefrontal del cerebro humano, área encargada de funciones como la gestión emocional y las habilidades intra e interpersonales, biológicamente no acaba de formarse hasta los 25-30 años de edad aproximadamente. Con lo cual, quien está al mando la mayoría del tiempo en el cerebro de nuestros niños y adolescentes es el cerebro medio, aquel en el que se encuentra el sistema límbico donde se localizan las emociones en su estado más puro. Dicho esto, quizás ahora sea más sencillo entender por qué los niños son tan emocionales e impulsivos en muchísimas ocasiones. Este dato nos ayuda a mirar esas situaciones desde una nueva perspectiva para no tomarnos el comportamiento de nuestros hijos o alumnos como si fuese algo personal y comprender que muchas veces le estamos pidiendo cosas para las cuales aún no están ni socialmente ni biológicamente preparados porque su cerebro está todavía en construcción.

Por otro lado, también resulta útil valorar la función positiva que tiene el enfado. La ira nos ha ayudado como especie a llegar hasta donde hoy estamos. Gracias a esta emoción somos capaces de romper con aquello que no nos agrada, poner límites, superarnos y avanzar en la dirección en la que queremos ir. Simplificándolo un poco, digamos que si no existiera la ira todo nos daría exactamente “igual”. Así que gracias a ella tenemos gasolina para alimentar ese gran motor de cambio que necesitamos en nuestro día a día.

Por lo tanto, sentir ira o enfado es algo necesario e incluso útil y validar esa emoción en nuestros niños es muy importante. Si por lo contrario los rescatamos continuamente o no le permitimos sentirla, probablemente se sentirán culpables cuando experimenten algo tan propio y natural del ser humano como es la ira. De este modo, nunca aprenderán a canalizarla de forma respetuosa hacia ellos mismos o hacia los demás. Así que, a partir de ahora, cada momento de explosión de ira que tengamos la suerte de observar será una magnífica oportunidad para conocerles mejor y avanzar hacia lo que queremos conseguir ¿no crees? 😉

Aún así, es evidente que no es positivo el dejarnos “secuestrar” por esta u otra emoción, ya que cuando la ira nos toma por completo, nos hace caer en comportamientos que no son sanos para nosotros ni para otros. Es por ello que, una vez aceptamos la intención positiva de la emoción y comprendemos hasta qué punto es algo natural que ocurre en nuestro cerebro, podemos entrenar nuevas formas de expresar y canalizar ese sentimiento.

Para ello os voy a hablar de una herramienta de Disciplina Positiva creada por las autoras  Jane Nelsen y Lynn Lott que puede resultar muy eficaz para ayudar a los niños a gestionar mejor su enfado. Se llama la Rueda de las opciones de la ira y consiste en que, a modo de ocio o juego, podamos crearla juntos con nuestros hijos o alumnos para que poco a poco vayamos creando el hábito de usarla cada vez que se presente un episodio de este tipo.

En primer lugar, es importante tener en cuenta que debemos presentárselo a los niños como un juego o una manualidad para hacer en un momento donde estemos todos a gusto y relajados y, por supuesto, no en un momento de tensión o en un ataque de rabia. Se trata de que les digamos que vamos a crear un nuevo juego en familia para que cuando estemos enfadamos o tristes podamos usarlo y así sentirnos mejor con la finalidad de que, cuando estemos más calmados, podamos arreglar juntos aquel problema que tanto nos preocupa o la conducta que se está repitiendo.

El diseño de la rueda es algo personal. Así que dejad volar su imaginación y que cada niño pueda decorarla a su gusto con aquello que desee. Mientras más suya la hagan, más predispuestos se mostraran a la hora de querer usarla. Se dibuja un círculo en una cartulina u otro material que nos guste y lo dividimos en 6 u 8 partes iguales (quesitos). A continuación, través de preguntas, podemos ayudar al niño a pensar qué le ayudaría a sentirse mejor cuando está enfadado. Si al niño no se le ocurre nada al principio podemos sugerirle opciones. Por ejemplo, ¿Qué tal si nos vamos a otra habitación y contamos hasta 10?, ¿Te gustaría aplastar plastilina para liberar el enfado?, ¿Y si bebemos un vaso de agua y respiramos?, ¿Te gustaría dibujar hasta sentirte más tranquilo?, ¿Tirarte en el suelo un ratito con tu manta o peluche preferido?. Cada niño/a es un mundo y lo que le ayuda a uno no tiene porque servir para otro. Por lo que lo ideal es que, si tenéis más de un hijo/a, cada uno pueda hacer su propia rueda y poner en cada quesito de la misma aquellas acciones que SÍ podemos hacer cuando nos sintamos enfadados, tristes o frustrados y con las cuales pensamos que podemos sentirnos mejor.

Una vez que tengamos nuestra rueda hecha, toca aprender a usarla y crear el hábito. Comentaremos a los niños que a partir de ahora cada vez que nos sintamos mal podemos ir corriendo a nuestra rueda de las opciones de la ira y elegir aquello que queramos hacer para intentar sentirnos mejor, si lo que elegimos no funciona, les recordamos que lo bueno es que tenemos muchas más opciones y podemos ir probando hasta encontrar eso que nos tranquiliza. De ese modo, lo que sea que haga hasta este momento -gritar, morder, pegar, insultar o llorar-, puede ir pasando a un segundo plano y poco a poco vaya encontrando una forma más sana de expresar lo que necesita y gestionar su enfado.

Recuerda, como cualquier otra herramienta no es magia. Es probable que en el instante de enfado no le apetezca en absoluto consultar la rueda que en su momento hizo con tanta ilusión. Pero no pasa nada. Esto es lo habitual. No olvidemos que es una carrera de fondo y queremos ayudarle para que a largo plazo aprenda a gestionar mejor sus emociones, pero sin perder de vista que con nuestro ejemplo también somos un pilar fundamental en esta misión, ya que si ve que nosotros mantenemos la calma y no nos contagiamos de su emoción con tanta facilidad, será mucho más fácil acompañarle y buscar juntos otras alternativas hasta que finalmente por iniciativa propia y de forma natural le salga usarla cuando ya haya creado el hábito.

¿Qué te parece?, ¿te apetece probarla? Anímate a hacer esta herramienta como si fuese un pequeño juego familiar este verano y verás como poco a poco, si somos amables y firmes con ellos y con nosotros mismos, conseguiremos que aprendan a relacionarse con sus emociones de una forma más natural y efectiva. Ah, IMPRESCINDIBLE,  recuerda que no puedes olvidarte de ti misma/o y practica mucho el auto-cuidado porque solo cuando estamos llenos de vida es cuando tenemos la energía y paciencia necesarias para estar verdaderamente presentes en  la compleja e intensa tarea que es educar. Así que ten mucho en cuenta el auto-cuidado este verano y anímate a poner en marcha la rueda de las opciones de la ira en familia.

¡Felices vacaciones de verano! 🙂


“Las pequeñas emociones son las grandes capitanas de nuestras vidas y las obedecemos sin saberlo”

Vincent Van Gogh


 

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