Alentar vs alabar: cómo educar niños sanos, equilibrados y felices.

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“Muy bien, Cariño”, “Qué bonito te ha quedado, qué orgullosa estoy de ti”, “Qué bueno/a eres, no esperaba menos de ti, corazón”, “Te mereces un gran premio por ese 10”… ¿Te suenan estas frases?, ¿Alguna vez las has escuchado en tu infancia o adolescencia?, ¿Recuerdas como te hacían sentir?, ¿Qué aprendías sobre ti mismo/a y sobre los demás a través de ellas?

Todas las personas en alguna o más de una ocasión hemos recibido de nuestros padres, madres, familiares o profesores algún mensaje como este o sino parecido. Es por ello que solemos repetirlos con nuestros niños y niñas casi de forma inconsciente y convencidos del enorme poder positivo que puede tener el halago o la alabanza. Si es que es lógico, a nadie le amarga un dulce, verdad. Incluso lo habitual suele ser considerarlo como un preciado regalo. Sin embargo, como todo en la vida, las cosas no son tan simples como decir que algo es positivo o negativo, sino que más bien lo realmente útil sería parar y reflexionar sobre las consecuencias que tienen este tipo de herramienta y el saber si nos ayudan o no en nuestro objetivo educativo.

Cuando el halago se convierte en una de nuestras herramientas educativas más usadas corremos el riesgo de que nuestros niños y niñas puedan desarrollar una enorme dependencia a la aprobación externa. Una necesidad que nos puede llevar a veces al extremo de querer agradar siempre al otro -padres, amigos, profesores- y, cuando somos mayores, este patrón de comportamiento puede incluso repetirse de un modo poco sano cuando nos relacionamos con nuestras parejas, jefes o compañeros de trabajo.

Pero, ¿por qué ocurre esto? si nos paramos a analizar las frases que citábamos al principio de este post rápidamente detectaremos que en todas ellas el “locus de control”  siempre está puesto en un factor externo (cómo se sienten los demás con lo que hacemos, decimos o decidimos). Por lo tanto, si recibimos este tipo de mensajes una y otra vez podemos desarrollar la creencia de que el bienestar de los demás depende exclusivamente de nuestras acciones. Buff, ¿no te parece una mochila demasiado pesada de llevar? Además, por si esto fuera poco, cuando alabamos solemos poner el foco de atención en el resultado y no en el proceso y el esfuerzo que nos ha costado el llevar a cabo la acción que hayamos desempeñado.

Y entonces, ¿cómo podemos ayudar a nuestros niños y niñas a crecer con una autoestima sana y a desarrollar autonomía y criterio propio? Desde la Disciplina Positiva te proponemos un nuevo lenguaje. La clave está en “ALENTAR”. Sí, sí, “alentar”. Observa las siguientes frases: “Te has esforzado mucho, te lo mereces”, “Debes de estar muy orgulloso de ti mismo”, “¿Te gusta como te ha quedado el dibujo?”, “Confío en que sabrás cómo hacerlo”…

Alentar no es otra cosa que poner en valor no solo el resultado, sino también el progreso y el recorrido que hemos tenido que realizar en cada una de nuestras acciones mientras ponemos el “locus de control” en la propia persona y no en como los demás se sienten con nuestros comportamientos o resultados ¿cómo crees que te sentirías si te dijeran estas frases?, ¿Consideras que las cambiarías por las primeras en las que solo había halago?

A simple vista puede incluso llegar a parecernos algo muy similar. No obstante, el resultado que causamos en la persona que recibe este mensaje es muy pero que muy distinto. Cuando alguien nos regala un mensaje alentador muestra confianza en nosotros, nos considera capaces y no pone en nuestra espalda la responsabilidad de tener que cumplir las expectativas de los demás para agradar a otra persona, sino por nuestro propio bienestar. Cuando alentamos ayudamos a que las personas desarrollen habilidades para la vida que les ayuden a crecer con una autoestima sana y a sentirse autónomos y empoderados.

A veces no resulta sencillo utilizar este tipo de mensajes porque simplemente no estamos habituados. Es por ello que te propongo que comiences a probarlo ya porque nada mejor que empezar a practicar para ir creando hábito y aprender este nuevo estilo comunicativo. Así que tranquilo/a, sigue estos sencillos pasos y poco a poco verás cómo cada vez te resultará mucho más natural alentar que alabar:

  1. Describe lo que ves de la forma más objetiva posible: “He notado que…”
  2. Muestra aprecio, más “gracias” y menos “muy bien”: “Te agradezco que…”
  3. Da aliento: “Sé que sabrás cómo hacerlo… Confío en que…”

¿Te animas a probarlo?, ¿Qué habilidades para la vida te gustaría que tu hijo, hija, alumno o alumna desarrollase?, ¿Le ayudas a conseguirlas? Recuerda que en nuestra mano está el acompañarles a crecer sanos y felices a través de pequeños cambios y acciones en el modo que tenemos de relacionarnos con ellos en nuestro día a día.  😉

 


“Un niño necesita aliento tanto como una planta necesita agua”
R. Dreikurs


 

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